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Red Internacional

El Cordobazo fue uno de los grandes hechos revolucionarios de la historia argentina, protagonizado por obreros y estudiantes. Presentado como parte de la tragedia nacional por la burguesía y sus ideólogos, es, para los trabajadores, una fuente de enseñanzas de cara a los combates actuales.

Facundo AguirreIG: @hardever // Twitter: @facuaguirre1917

Viernes 28 de mayo | 09:49

El marxista Walter Benjamín escribió en la década del ‘30 del siglo XX que: "Articular históricamente el pasado no significa conocerlo como verdaderamente ha sido sino adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro".

Traer el Cordobazo al presente es recuperar la potencia del sujeto peligroso, la fuerza social y la capacidad combatiente desplegada por la clase obrera argentina el 29 de mayo de 1969 y todo el periodo posterior hasta el golpe de marzo de 1976. Recuperar el hecho revolucionario en la memoria permite traer a los antiguos combatientes al presente, extraer lecciones de sus luchas y restablecer el hilo de continuidad. Utilizar la memoria para combatir a los verdugos. Por eso mismo, la burguesía y sus partidos quieren enterrar la memoria del Cordobazo como hecho revolucionario. Se busca darle un sentido diferente al que expresaron los acontecimientos cordobeses en aquel momento histórico. El objetivo es sacarle al Cordobazo todo contenido revolucionario, censurar como experiencia emancipatoria o transformarlo en fuente de rescate de las que fueron fuerzas cuestionadas como la burocracia sindical y el peronismo.

Víctimas y victimarios

Con la restauración democrática de 1983, se fraguó la “teoría de los dos demonios” que igualaba la irrupción violenta de las masas y las estrategias políticas de las organizaciones guerrilleras de los ‘70, con el terrorismo de Estado de los genocidas. Se trataba de sepultar la experiencia revolucionaria de los trabajadores y el pueblo, hacerla contracara de los militares genocidas y por tanto, responsable de que el país se convirtiera en un charco de sangre, como producto de una violencia irracional que tenía a la sociedad como víctima. Se erigía así a la democracia burguesa como forma universal e insuperable del “contrato social”. La dictadura genocida que había salvado y enriquecido a los capitalistas, daba lugar a la “democracia” que resguardaba los intereses de los capitalistas enriquecidos de la dictadura. O, parafraseando a Lenin, se envolvía con el manto sagrado de la oligárquica Constitución de 1853 a la dictadura del capital.

Esta teoría acompañó el intento de los partidos de la restaurada democracia burguesa de 1983 de darle impunidad a los genocidas y sus cómplices empresariales, del clero y de los partidos democráticos. La UCR y el PJ, colaboradores de los genocidas y del terrorismo ultraderechista, aparecían como los garantes del nuevo régimen. Se indultaba a los empresarios que se habían hecho con el poder económico y fueron cómplices y partícipes del genocidio. Se perdonaba al clero que había ungido como fuerza redentora del cristianismo a los sangrientos generales argentinos.

En este marco, los sindicatos dirigidos por la burocracia sindical renunciaron a reivindicar como parte de la historia de los trabajadores la gesta cordobesa. No podían hacerlo sin poner a debate su papel como integrantes de las bandas ultraderechistas que quisieron imponer la disciplina en nombre del Pacto Social, a los tiros. Los intelectuales setentistas que habían sobrevivido se pasaron mayoritariamente con armas y bagajes al campo de la democracia e inspiraron la teoría de los dos demonios, con el objetivo de ser acogidos con beneplácito en los brazos de la academia.

En la década kirchnerista, para calmar la situación creada por la rebelión popular del 2001, el Estado "pidió perdón" por sus crímenes con el objetivo de seguir preservando sus instituciones. La movilización popular quebró el pacto de impunidad. El genocidio se tornó la unidad de medida de la memoria, pero se lo rememora como un enfrentamiento entre verdugos y víctimas, las bases sobre las cuales rememorar las enfrentamientos sociales y políticos setentistas. La lucha de clases es ocultada como núcleo explicativo del pasado.

En el discurso oficial se apelaba a la memoria de las víctimas para mantener las conquistas de la clase social de los victimarios, quienes -a confesiones de la ex presidenta CFK- la “levantaron en pala” durante su mandato. Ya no se trató de un genocidio dirigido a destruir a una vanguardia de la clase trabajadora que ponía en cuestión el capitalismo criollo sino un ataque a un modelo de país burgués que el peronismo encarnaba. Los verdugos de la clase obrera durante el gobierno de Perón e Isabel, pasaban a ser víctimas del drama histórico.

Recuerdos peligrosos

El Cordobazo fue una semi-insurrección obrera y popular que quebró el espinazo de la dictadura de la Revolución Argentina encabezada por el general Juan Carlos Ongania. Sus protagonistas fundamentales fueron los obreros de la gran industria automotriz y los servicios y los estudiantes, que ganaron la calle y luego de la muerte del obrero metal-mecánico y estudiante Máximo Mena, la ciudad se convirtió en un campo de batalla plagado de barricadas, donde los manifestantes derrotan a la Policía y forzaron la intervención del ejército.

El Cordobazo inició una etapa revolucionaria en Argentina, un periodo de insurgencia obrera y juvenil que dio origen al surgimiento de una amplia vanguardia de masas. La radicalización política de la juventud obrera y estudiantil, el auge de las organizaciones guerrilleras y el fin de la proscripción del peronismo, junto con el retorno de Perón a la Argentina y al poder, son un producto de la semi-insurrección cordobesa.

Pero el elemento clave del periodo abierto se encuentra en que la clase obrera protagonizó desde entonces un proceso de autoorganización alrededor de sus comisiones internas y de seccionales recuperadas de manos de la burocracia sindical, cuyo punto más alto fue la conformación de las coordinadoras interfabriles en junio y julio de 1975. Las mismas iban a motorizar la primera huelga general política de la historia contra un gobierno peronista, el de Isabel y el ultraderechista José López Rega, obligando a la burocracia sindical a recomponer el frente único que permitió la unidad de las grandes masas con la vanguardia y llevó a la derrota del plan de Ajuste del ministro de economía Celestino Rodrigo y de las bandas fascistas de la Triple A encabezadas por López Rega.

Estas organizaciones embrionarias de un doble poder a nivel de las empresas, que expresaban la democracia directa de los trabajadores y disputaban el control de los ritmos de trabajo a las patronales, eran un desafío abierto a la burocracia sindical y el peronismo como dirección política de los trabajadores y una amenaza para el país burgués hundido en la crisis de su economía. El entonces líder del radicalismo, Ricardo Balbín, va a calificarlas como “guerrilla fabril” y el oligárquico diario La Prensa las comparará con los soviets de la revolución rusa. Ellas serán el corazón del proceso de insurgencia obrera y popular y el blanco de las bandas terroristas de la Triple A y, luego, de los militares genocida.

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El Cordobazo puso en peligro al país burgués porque enfrentó a las FFAA, a los empresarios y más tarde al peronismo en el poder y la burocracia sindical que actuaron en socorro del régimen capitalista. Es peligroso hoy día porque es una fuente de lecciones para los luchadores de nuestro tiempo que enfrentan la crisis económica, sanitaria, ambiental y social que ha provocado el capital, agravada por su gestión de la pandemia.

Si bien la configuración de la clase obrera y de la alianza social de los trabajadores y el pueblo es más compleja, desde el momento que existe una mayor división entre los trabajadores, su poder social es infinitamente superior al de los ‘70. En este sentido el Cordobazo enseña la necesidad del frente único obrero, expresado en Córdoba en la unidad entre el SMATA, UTA, Luz y Fuerza y la UOM, para imponer la huelga general y movilizar volúmenes de fuerza suficientes para el momento de enfrentamiento. Muestra también la potencia de la unidad obrero-estudiantil que no solo será fundamental en la lucha callejera sino también en la difusión de ideas socialistas, antiimperialistas y de izquierda entre los trabajadores.

El Cordobazo fue un hecho revolucionario porque abrió un periodo donde la vanguardia de la clase obrera autoorganizada en sus comisiones internas se propuso disputar al peronismo la dirección de los trabajadores. Un testigo de la época, Lucio Garzón Maceda, señaló que el Cordobazo había sido la culminación de un proceso “que tuvo como actor central –casi único– al movimiento obrero de Córdoba, en tanto movimiento social organizador de luchas colectivas trascendentes (…) se trata de un movimiento obrero que comenzó a languidecer casi inmediatamente después del Cordobazo (…)”.

En Córdoba empieza a surgir un nuevo movimiento obrero cuya manifestación más importante son los sindicatos clasistas del SITRAC-SITRAM, la hegemonía de la burocracia sindical peronista entre los trabajadores comienza a ser cuestionada. Incluso se somete a crítica el intento de Agustín Tosco y el sindicalismo de liberación de imprimirle una dirección combativa a la burocracia sindical, que más tarde se expresará como el apoyo político al peronismo cordobés en nombre de la unidad con Atilio López, candidato a vicegobernador del FREJULI, en detrimento de la independencia política de los trabajadores. Pero también queda en evidencia que el clasismo en las fábricas, sin elevarse a la construcción de una fuerza política de los trabajadores, se pone límites a sí mismo en la pelea por la dirección de la clase obrera.

Nos deja la lección que la insurrección espontánea o la semi-insurrección, enseña cómo los explotados pueden derrotar a un gobierno, pero no adueñarse del poder. Que son necesarias organizaciones de combate creadas por la autoorganización obrera y popular y que hay que contar con un partido que se proponga orientar el empuje revolucionario de las masas hacia la toma del poder.

Se le quiere quitar a la clase obrera y la juventud la capacidad de apropiarse del momento relampagueante de peligro que significó el Cordobazo y la insurgencia obrera y popular que abrió. Necesitamos apelar a las lecciones y la memoria de los combatientes vencidos para extraer los fragmentos revolucionarios del pasado como un arma de lucha contra una clase social y sus representaciones políticas, que están llevando a la sociedad a la catástrofe.




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